Trump reparte dulces en la noche de brujasTrump reparte dulces en la noche de brujas, será la verdadera noche de terror

El Hambre que Acecha en la Noche Eterna: El Terror de Trump, Peor que Cualquier Halloween

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Imagina la oscuridad absoluta de una casa donde el viento aúlla como un lobo herido, y dentro, no hay fantasmas ni calabazas sonrientes, sino el silencio agonizante de estómagos que rugen como bestias enjauladas. Es Halloween, la noche en que los niños salen con máscaras de monstruos, riendo ante sombras juguetones, pero en las calles olvidadas de América —en los suburbios marchitos de Missouri, en los barrios hundidos de California, en los rincones helados de West Virginia, el verdadero horror no viene de disfraces ni dulces robados. No. El pavor real se filtra por las grietas de las puertas, invisible y voraz: es el hambre que Trump ha desatado, un espectro cruel que niega el pan a familias enteras, dejando que la muerte lenta se cuele en cada bocado que falta.

¡Escucha el lamento de las madres! En la penumbra de cocinas vacías, ellas acunan a sus hijos temblorosos, prometiendo «mañana comeremos», mientras saben que mañana será igual: un abismo negro donde 500 millones de dólares en alimentos —pollo jugoso que podría haber sido sopa caliente, leche cremosa para cereales soñados, huevos dorados para desayunos robados, frutas secas que crujen como esperanza— se pudren en el olvido. Trump, con su decreto gélido, ha congelado esos envíos como un verdugo que aprieta el lazo, condenando a millones a la inanición. Veinticinco millones de libras de pollo que nunca llegarán a las mesas, dos millones de galones de leche que se agriarán en camiones fantasmas, diez millones de libras de fruta que se marchitarán como sueños secos, sesenta y siete millones de huevos que se romperán en el suelo de la indiferencia. No es un error; es una sentencia. Familias completas —padres exhaustos que trabajan turnos infernales, abuelos frágiles con huesos como ramitas secas, niños de ojos hundidos que ya no juegan— son empujadas al borde del precipicio, donde el hambre no es solo vacío en el vientre, sino un veneno que corroe el alma, que transforma hogares en tumbas vivientes.

En Kansas City, un padre carga a su hijo flaco como un espectro sobre su hombro, caminando millas hasta una fila interminable donde el aire huele a desesperación, no a manzanas caramelizadas. «¡Halloween!», grita el mundo afuera, pero adentro, la noche es eterna: el USDA, marioneta de un régimen sádico, ha desviado los fondos a sombras invisibles, dejando que 94 millones de libras de comida se conviertan en polvo estéril. Ancianos en Louisiana mueren solos, con el corazón latiendo al ritmo de un hambre que no perdona, mientras Trump, desde su torre de marfil, ríe ante el caos que siembra, negando no solo alimento, sino dignidad, futuro, vida.

Este es el horror supremo, el que hace palidecer a las leyendas de calabazas malditas y casas embrujadas. En Halloween, temes a lo sobrenatural, a lo que acecha en la niebla con garras y colmillos. Pero el terror de Trump es peor: es real, es deliberado, es un monstruo con traje y corbata que entra en tu hogar sin invitación, que roba la última miga de tus hijos mientras duermes. Familias enteras, no héroes de película, sino gente común yacen en la agonía de estómagos que se retuercen como serpientes envenenadas. Niños que sueñan con festines en lugar de pesadillas, ¡Y todo porque un hombre, en su cruzada de crueldad ideológica, prefirió el vacío al sustento!

¡Despierta de esta pesadilla viviente! Este Halloween, cuando las luces parpadeen y los disfraces caigan, recuerda: el verdadero demonio no sale de la tumba; gobierna desde el Despacho Oval, negando el pan a los inocentes. Grita en la oscuridad, exige el regreso de esos 500 millones robados, clama por mesas llenas y noches sin terror. Porque si no, el hambre de Trump devorará no solo cuerpos, sino naciones enteras, dejando solo ecos de familias destrozadas en la bruma eterna. ¡El horror no termina al amanecer; solo comienza!

El gobierno de Trump ha interrumpido envíos de alimentos a bancos de comida y programas de asistencia, dejando millones de libras de productos perecederos sin distribuir. Esto no fue exactamente un «decreto gélido» (como un executive order) que congelara directamente el presupuesto, sino una combinación de recortes presupuestarios al programa TEFAP (The Emergency Food Assistance Program) y la negación de fondos de contingencia durante el shutdown gubernamental.

Por Cristina A Vargas V.

Escritora Creativa con 20 años de experiencia como radio host lic. no 13477-A, estudié escritura en el Claustro de Sor Juana Inés de la Cruz en Ciudad de México, en las redes soy Analizadora de contenido y Creador digital.

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