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La Llorona: de los presagios de Tenochtitlán a la leyenda que cruzó fronteras

Cada 1 de noviembre, la Llorona vuelve a cobrar vida.

Por: Cristina Vargas V.

En Xochimilco, como en otros rincones de México, su grito se representa una vez más, recordándonos que su historia no es solo un relato antiguo, sino una presencia que aún camina entre nosotros cuando se acerca el Día de Muertos.

Desde la infancia, la Llorona ha acompañado a generaciones de mexicanos. Aunque el temor ancestral que alguna vez inspiró se ha atenuado, su figura sigue viva como una de las leyendas más reconocidas del imaginario colectivo. No es una tradición que se celebre con rituales formales, pero su presencia se reconoce en todo el país y, de hecho, ha traspasado las fronteras: series como Grimm y Supernatural han aludido a la versión mexicana del personaje.

En Centroamérica existen variantes ligeramente distintas, y a lo largo de Hispanoamérica la historia se adapta a contextos locales sin perder su núcleo de dolor, abandono y un grito que resuena en la noche.

En la versión más difundida en México, con claras influencias de la época colonial, se trata de una mujer abandonada por un hombre español. Él la deja sabiendo que ya ha tenido hijos con ella. Abrumada por la pena y el desamor, los ahoga en un río. Desde entonces su alma no descansa: vaga por las calles y caminos clamando por sus hijos. La advertencia tradicional a los niños era clara: si oían el grito de la Llorona, debían tener cuidado, porque ella buscaría cualquier niño para tomarlo en sus brazos y llevárselo hacia el agua, el lugar donde su alma habita. En algunas zonas se la describe vestida de blanco, con un velo de novia o el cabello suelto y despeinado; en otras, simplemente con la ropa de la época. Muchas representaciones la muestran como una mujer de belleza autóctona, de cabello largo, liso y oscuro, convertida en figura fantasmal.

La leyenda proviene de nuestros ancestros 🇲🇽

Las raíces de esta historia se remontan a la era de Tenochtitlán, justo en los tiempos de la llegada de los españoles al Valle de México.

Los pobladores de la ciudad vivían inmersos en supersticiones y premoniciones. Estos acontecimientos portentosos, que causaban asombro y miedo y se interpretaban como anuncios de desgracia, recibían el nombre de tetzahuitl. Fray Bernardino de Sahagún consignó varios de ellos:

Se hablaba de siete presagios funestos. Entre ellos se contaban fenómenos naturales ligados a la posible destrucción del pueblo mexica, como la caída de un rayo sobre el templo o una inundación devastadora. El sexto, según el Códice Florentino, fue precisamente la aparición grotesca y fantasmagórica de la diosa Cihuacóatl (a veces transcrita como Siguacóatl), “mujer serpiente”.

Cihuacóatl llegaba a la tierra con llantos y lamentos, recorriendo Tenochtitlán y clamando por sus hijos. Se la consideraba protectora de las Cihuateteo: las mujeres que morían al dar a luz y que, según el pensamiento nahua, acompañaban al sol en su ciclo de muerte y renovación. Esa es la razón por la que la diosa regresaba clamando por los bebés y por el dolor de haberlos perdido.

Sahagún la describe apareciendo muchas veces “como una señora compuesta con unos atavíos como se usan en palacio”; de noche voceaba y bramaba en el aire. También se le llamaba Tonantzin, “nuestra madre”. Esta es la rama y la raíz de la Llorona: su nombre prehispánico, una simple traducción que conservó el núcleo del lamento por los hijos.

La tradición oral transmitió el relato de Sahagún y, tras la caída de Tenochtitlán, otros cronistas como Diego Muñoz Camargo lo retomaron. En los primeros años de la Nueva España la historia se popularizó y se cargó de influencias de la época. Surgió entonces la figura de la mujer mestiza de apariencia fantasmal, abandonada por el español que le había dado hijos y que, incapaz de soportar el abandono, los ahoga. De ahí deriva la versión que hoy reconocemos.

La Llorona en otros países

Las variantes en otros países de Hispanoamérica conservan el motivo central “la mujer que clama por sus hijos”, a menudo tras haberlos perdido o matado. En todos casos son adaptadas al linaje, la etnia y el contexto local.

En Nicaragua se habla del alma en pena de una indígena de Moyogalpa, en la isla de Ometepe, que se enamora de un hombre blanco contra el consejo de su madre de no mezclar la sangre; ahoga a su único hijo en el lago de Nicaragua y, arrepentida, entra al agua para salvarlo sin éxito.

En Venezuela, en los llanos, una joven se enamora de un soldado que la abandona embarazada; desesperada por el llanto del bebé, lo mata con sus propias manos. Los vecinos la maldicen; ella huye y se convierte en un espanto que roba niños solos cerca de los ríos.

En Perú, su gemido lúgubre anuncia la muerte y se asocia a las huacas: los campesinos evitan entrar a las ruinas de antiguos monumentos por temor a ser abducidos o a desaparecer.

También se mencionan escenarios en Costa Rica (lago de Texcoco o río Grande de Tárcoles), Uruguay (lago del Parque Rivera en Montevideo) y otros lugares, siempre ligados a ambientes rurales o acuáticos.

En esencia, se trata de una “dama blanca” o dama de agua, vinculada a la ruina, la pena y la pobreza, y a la relación con un hombre poderoso: soldado español que la abandona. La mayoría de las versiones giran en torno al asesinato o la pérdida de uno o varios niños y al clamor eterno por recuperarlos. La leyenda ha llegado a España, Canadá, Estados Unidos y Europa, y se defiende como patrimonio de Hispanoamérica.

La leyenda de se representa en México de acuerdo a la versión más popular, pero su fuerza original, sigue siendo una de las más ancestrales. En Xochimilco, por ejemplo, se realizan representaciones en el lago cada mes de noviembre. Más allá de las variantes locales o de las adaptaciones contemporáneas, la escencia permanece: una mujer doliente que llora por sus hijos, en un lamento que refleja un eco abrumador suficientemente inconsolable que provoca pánico en los niños

El grito de La Llorona grito continúa resonando como recordatorio de un dolor que la tradición nahua ya había nombrado siglos atrás.

Cristina A Vargas V.

Radio host con mas de 20 años de experiencia en radiodifusoras, conductora y creadora de contenido digital. Escritora creativa por el Claustro de Sor Juana Inés de la Cruz de Ciudad de México.

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