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Christa Pike una película de terror de la vida real

Octubre arranca con una mujer que sobrevivió a dos inyecciones letales.

Por: Cristina Vargas V.

En medio de los horrores que vive el mundo, con tanto demonio suelto, que ya de por sí es bastante, se viraliza una historia macabra contada en Tennessee desde enero de 1995 y difundida al mundo entero a partir del 30 de septiembre de 2026.

Octubre es el mes que todos esperamos para disfrutar el miedo. La fantasía y el disfraz: Halloween, y en noviembre el Día de Muertos, cuando México le sonríe a la muerte. Pero el asesinato de Colleen Slemmer a manos de Christa Pike, y lo que pasó cuando a ella la mandaron a la cámara de ejecución, deja corta cualquier fantasía de terror. Por si fuera poco las fechas de los acontecimientos lo hacen más escalofriante: Christa Pike despertó un martes. El mismo día de la semana en que la mandaron a morir. Y no solo eso, el horror de esta historia empezó un viernes 13.

El martes 29 de septiembre de 2026 trasladaron a Pike a la cámara de ejecución, en Riverbend, Nashville. El miércoles por la noche le pusieron dos dosis completas de pentobarbital y siguió viva (la segunda dosis del fármaco es el refuerzo) La escucharon roncando en la camilla, con el corazón latiendo, mientras el veneno se filtraba al tejido en vez de a la sangre. La sacaron en ambulancia. Y el martes siguiente abrió los ojos y habló. Es la única persona conocida que ha sobrevivido a una inyección letal completa.

El horror de esta película de terror de la vida real se comienza a contar un viernes 13.

Todos ignoraban lo que había sucedido la tarde anterior, fue el 13 de enero de 1995 que encontraron el cuerpo de Colleen Slemmer, de 19 años, en un bosque de Knoxville, cerca del campus agrícola de la Universidad de Tennessee. Quienes lo hallaron creyeron, al principio, que era un animal muerto. La noche anterior, un jueves, Christa Pike, de 18, su novio Tadaryl Shipp, de 17, y Shadolla Peterson la habían sacado del Job Corps con la excusa de un porro y de hacer las paces. La torturaron cerca de 45 minutos. La golpearon, la cortaron con un cúter en el cuello. Pike la mató aplastándole el cráneo con un pedazo de asfalto. El móvil que ella misma dio: los celos. Creía que Colleen le quería quitar al novio.

Pero el móvil de los celos, también participó. Shipp le trazó con cutter un pentagrama en el pecho mientras Colleen aún respiraba. En el juicio de 1996, el psiquiatra William Bernet, llamado por la defensa, dijo que el crimen tenía elementos satánicos, pero que no encajaba con una ceremonia ni con un sacrificio planeado. Lo describió como adolescentes tanteando el ocultismo. El pentagrama lo talló Shipp, que tenía una Biblia satánica y un altar en su cuarto. El ruido del ritual tapó lo demás. Los celos y la tortura de casi 45 minutos

Christa Pike no se detuvo ahí. Se llevó un trozo del cráneo. Al día siguiente andaba por el Job Corps enseñándolo, presumiendo, contando lo que había hecho. La policía se lo encontró en el bolsillo de la chaqueta. La madre de Colleen ha dicho, años después, que esa última pieza nunca se la devolvieron.

Tampoco hubo arrepentimiento. Confesó, pero dijo que solo querían asustarla y que se les fue de las manos. Mientras tanto, bailaba y sonreía al contarlo.

No fue un impulso de jóvenes inestables que se acaba en una noche. Seis años después, ya condenada a muerte, el 24 de agosto de 2001, dentro de la prisión, intentó matar a otra reclusa: Patricia Jones, que cumplía cadena perpetua por haber asesinado a una anciana. Durante una evacuación por un incendio, Pike la ahorcó con un cordón de zapato. Jones sobrevivió. Pike fue condenada por intento de asesinato y le sumaron 25 años. A los investigadores les dijo que no iba a decir que quería matarla, pero que no le importaba si se moría.

La noche de la ejecución fallida

Las cortinas se abrieron a las 7:27 de la noche. Christa Pike ya estaba en la camilla, de perfil, con una vía en el brazo derecho, había cenado lo de costumbre para los reos, rechazó su platillo de cortesía. A su lado, el asesor espiritual Mikey Noechel, con una estola vino sobre el traje. Cantaron y hablaron de enseñanzas budistas. Christa había solicitado la asistencia de personal femenino para su ejecución, esto debido a fuertes traumas de abuso físico sexual desde su infancia. Los abogados no pueden quedarse cuando empieza a correr el pentobarbital: solo entran mientras ponen las vías.

Del otro lado del cristal, en una sala, siete periodistas: Will Puckett, Tory Gessner, John North, Steven Hale, Catherine Sweeney, Damon Lawrence y un reportero de Associated Press. En la otra ventana, la familia de la víctima y los fiscales. La madre de Colleen, May Martinez, y su esposo Raul habían dicho que viajarían a Nashville para esa noche.

Pike preguntó si ya habían empezado. Cantó, en voz alta, una frase de meditación: sé amable y gentil contigo misma, y que estés en paz. A las 7:34 dijo que la vena del brazo se le sentía a punto de reventar. Se le rodó una lágrima. A las 7:41 «pusieron la piedra» (el pisapapeles sobre la repisa) que avisa que la dosis ya entró. A las 7:45 bostezó.

A las 7:46 cerraron las cortinas. En una ejecución, eso suele significar que el médico va a confirmar la muerte. Tres minutos después, a las 7:49, las volvieron a abrir. Pike roncaba con la boca abierta. Un testigo dijo que todos se miraron: «sigue viva». A las 7:51 sonó a ahogo. A las 7:54 soltó un gruñido y levantó la cabeza. A las 8:01 suspiró. A las 8:05 el cuerpo se le flexionó, jadeó, y las cortinas cayeron por segunda vez. Del otro lado se le siguió oyendo respirar casi cincuenta minutos. A las 8:53 el alcaide cortó el micrófono y les pidió a los testigos que se fueran. Pike seguía respirando.

La sacaron en ambulancia a un hospital de Nashville. Los periodistas se habían mirado en la sala de testigos: Uno dijo que roncaba como si durmiera el mejor sueño de su vida. El gobernador Bill Lee lo calificó de profundamente perturbador, frenó las ejecuciones del año y ordenó una revisión externa. La madre de Colleen, May Martinez, salió de Riverbend y dijo que en el fondo ya sabía que la ejecución no se iba a completar, que Pike no iba a morir. Cuando le preguntaron qué quería ahora, contestó que ya no importaba lo que ella pensara: iban a hacer lo que iban a hacer.

Contra pronósticos médicos Pike despertó

En emergencias la dejaron inconsciente, intubada y conectada a un ventilador. Los dos brazos, hinchados, quemados y ampollados: el pentobarbital, cáustico, se había ido al tejido. El personal trabajó en sacarle el fármaco del cuerpo. Días después seguía grave: un coágulo en un brazo, neumonía, sin poder tragar ni comer, sin mover los brazos.

El martes 6 de octubre, seis días después, despertó cuando los médicos creían que podría quedar con daño cerebral grave, Pike se muestra consciente y hablando, aunque poco. Esposada y encadenada a la cama. Sus abogados lo llamaron médicamente sin precedente. El pronóstico, dijeron, sigue sin estar claro.

Lo primero que dijo, según su abogado Randy Spivey, fue: “¿Dónde estoy y quién eres?”, confundida. Enojada. Quiere saber qué pasó. Ya no está en el ventilador. No puede tragar, así que no ha comido. No puede mover los brazos. Las manos se le ven como un globo quirúrgico inflado. Tiene un coágulo en un brazo y neumonía. Sigue esposada, y con brazos y pies encadenados a la cama. Sus abogados lo llamaron médicamente sin precedente. El pronóstico no está cerrado. Esperan una recuperación larga.

Por ahora, Christa Pike no podrá ser llevada otra vez a su último minuto de vida.

Cristina A Vargas V.

Radio host con mas de 20 años de experiencia en radiodifusoras, conductora y creadora de contenido digital. Escritora creativa por el Claustro de Sor Juana Inés de la Cruz de Ciudad de México.

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